De transcripción literal

Tengo una especial debilidad por las citas textuales.  Bueno,  que más que una debilidad,  se trata de una obsesión.  Me encanta ir por la vida leyendo y,  una vez terminado el párrafo que esté al punto observando,  tomar el bolígrafo para hacer transcripciones en el cuaderno de notas porque lo que he visto en las letras de otras personas me ha parecido no sólo interesante sino digno de poner en rubro aparte,  como esperando que esa sapiencia de repente me ilumine en los ratos donde siento que la inspiración me falta o que se me han acabado las ideas.

Las citas,  académicamente hablando,  tienen usos mil,  quizá el primero y más importante de ellos sea el de que,  en un proyecto escolar importante,  el autor seleccionado haga uso de la libertad de expresión por acción nuestra y diga eso que tiene que decir y que a nosotros nos ha parecido no sólo importante sino igualmente apropiado para la ocasión,  ora para sostener una posición determinada dentro de una rebatinga en la que formemos parte y en la que haya que debatir de manera escrita a favor o en contra de algo,  ora para ser quienes le den el toque final -curiosamente inserto al principio- a toda la exprimidera de sesos que hemos llevado a cabo en aras de exponer nuestras propias ideas.

Pero más allá de ese valor que por tradición les hemos dado a los fragmentos de sapiencia de los autores cuando nos resultan útiles sus conocimientos pervive un sentimiento de apropiación de esas mismas perlas de sabiduría que no necesita de la más mínima invitación formal para aparecer en la escena y alegrarnos la existencia.  De ahí que sujetos como yo,  mentalmente estragados -¡y a mucha honra!-,  encontremos un placer exquisito y alucinante en hacer parte de nuestras vidas todos esos pasajes de la literatura que nos han parecido fenomenalmente bien hechos por la perfecta conjunción de palabras y signos que los conforman.

Y no nada más es la cosa de lo estético,  del adorno,  de lo bonito que se ve una cita al principio de un ensayo o de un cuento.  No.  Se trata de plasmar en el documento de texto que luego será papel impreso ese pasaje que fue capaz de cambiarnos la visión del mundo en mayor o menor medida,  tal vez modificando nuestra clásica visión pesimista acerca de los fenómenos políticos de los países en desarrollo por una un tanto más irónica y por lo mismo divertida,  quizás siendo parte de un renacer físico o espiritual que nos obliga a mirar al pasado para hacer las paces con él y pasar página en un torbellino de transformaciones que al final del día nos hará mejores personas.

No lo sé.  Es mi opinión.

Por ahora sólo queda seguir transcribiendo de los libros y el cuaderno a la computadora,  guardar los cambios y esperar a que pase algún tiempo para que ese añejamiento que naturalmente se produce aumente aún más la autoridad de estas bellas y sabias palabras.

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