El águila que no miraba hacia abajo y el ratón que intentaba voltear para arriba

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Casual que a uno le apasionan cuestiones como la televisión,  la comida,  el Derecho y hasta la lectura,  ¿no?;  todo junto.

Bueno,  resulta que desde hace tiempo encontré un artículo en una columna que no se me hizo de malos bigotes,  principiando por el tema en que aquella ocasión trató.  “El lujo de la lectura” se llama entonces -y ahora también-,  escrita por un eminente antropólogo mexicano llamado Roger Bartra.

Dije que no se me hizo de malos bigotes porque,  en el inicio,  lo que me llamó la atención fue el título;  ya después cuando empecé a mirar de cerca el asunto,  me di cuenta de que seguía siendo de la misma opinión,  si bien hube de cambiar algunos de los aspectos estructurales de la misma,  en la inteligencia de que advertí un marcado desacuerdo con ciertos puntos ahí tratados.

Que me perdone,  de verdad,  el amigo Bartra por la sarta de leperadas que en esta ocasión vierto como anotaciones marginales a su genial escrito,  pero considero que el hombre está viendo ese añejo problema desde la perspectiva de alguien que está habituado a leer,  no así del otro lado de la moneda,  lugar del que un servidor es experto por desenvolverse justamente en un medio así:  para nada intentaría denostar su esfuerzo,  antes bien lo que desearía hacer es proporcionar una visión más integral de la problemática inicialmente descrita,  abordándola desde otra perspectiva.  Ya,  en el último de los casos,  óigaseme y óigaseme bien cuando digo que no es una intención de malevolencia que me permito perorar sobre el contenido de su artículo;  sería mi defensa última antes de que me condenaran a morir en el patíbulo.

La lectura,  sepámoslo de una vez,  es uno de esos temas, más que fértiles,  prácticamente inagotables,  sobre todo hablado éste en una región donde la gente o tiene unos hábitos sencillamente pésimos de esta actividad o de plano no los tiene;  por lo tanto,  no sería ninguna sorpresa que constantemente se retomase el tema en este blog.

El escrito que pongo a disposición de la banda procrastinadora que de vez en vez viene a regalarme un poco de su valioso tiempo con una visita a esta,  su bitácora de confianza,  imprime (ya lo saben) en hojas tamaño oficio.

Hasta otra ocasión.

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