Función Fática

Este es otro ejercicio de cuento que se me ocurrió en la noche. Pues nada, eso.

Mi madre solía decir que los grillos son de buena suerte. Que no hay que matarlos. Cuando vivíamos en el pueblo, de las matas del jardín emergían sus canciones, ruidos como campanitas que cesaban al amanecer. El gato, quien no creía en las palabras de mi madre, era quien se encargaba de devorarlos. Se metía entre el pasto alto y se zampaba uno, dos, tres, los que le hicieran falta para saciar su hambre o su aburrimiento. Mi madre regañaba al gato cuando veían a uno de los bichitos preso entre sus garras o condenado a muerte en sus fauces. Pero el gato nunca le hizo caso a mi mamá y seguía con su manía de comer grillos, pudiendo dedicar sus dotes de cazador a eliminar alimañas más molestas, como los zancudos que brotaban…

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