Absténganse los guapos

El televidente se confiesa.  Y bien cabrón.

El pedazo de orate director en jefe de ese infamísima y malhadada bitácora habla desde lo más hondo de su reconchina conciencia y con el alma puesta en la balanza.  Peor tantito: lo hace sin el más mínimo miedo a las represalias.  (Aprovechen que no ando en mis cinco para mentarme y rementarme la madre todas las veces que han sido volitivamente ofendidos por mí;  la oferta expira en 5…,  4…,  3…,  2…)

Bien.

No recuerdo haberlo hecho previamente en este espacio,  por lo que téngase por esta como la primera vez en que me ven de lo más enfermamente chovinista que les pueda parecer.  Y no es para menos:  en materia de talento artístico,  han de ver ustedes la pasión desbordada y abrasadora con la que defiendo a todos mis actores,  los que son mexicanos de pura cepa -o los que son mitad mexicanos y mitad lo que sea.  Creo firmemente en su trabajo con una fe tan ciega que más de uno pensará que soy un fanático fundamentalista que no tiene más nada que hacer en esta vida que andar predicando la palabra del Altísimo por encima de quien sea.  (La neta,  no los culpo si así lo piensan.)  Soy de la idea de que existe el talento mexicano…,  y lo demás.

OK,  me estoy debrayando feamente y más de la cuenta al respecto y lo reconozco cabalmente.  Sírvanos este lapsus,  ya después de bajarle dos rayitas a esta chaquetota mental,  para fijar la medida de mi grado de insanidad en lo tocante al tema que estoy exponiendo.

Gira la Gran Esfera Madre y es momento de poner a correr a la ardilla de la mollera para que se gane todas las nueces que se traga,  y que desde luego no son pocas.

Como muchos de ustedes ya lo habrán advertido,  en este espacio -el cual me ofrece la virtualidad para componer peroratas escritas sobre mamada y media (sin albur)- he hecho no hasta lo imposible pero sí un esfuerzo bien y en forma para desacreditar el enorme dolor de cabeza que le representan las telenovelas a este fantástico paraíso del eterno subdesarrollo a través de argumentos que si bien no son dictámenes periciales que desborden perlas de sabiduría en la materia,  buscan gozar de un mínimo grado de lógica y congruencia respecto de lo que pretender expresar.  En el mismo sentido,  un servidor ha procurado no solamente verter toda clase de argumentos tendientes a sensibilizar a la raza en lo tocante a que lo que necesitamos por lo que a televisión hace es una maquinaria de series de televisión tan poderosa y estructurada como la que existe en el vecino país del Norte por las consideraciones que bien se pueden mirar en entradas anteriores.

En algún acometimiento pretérito abordamos el tema del atractivo físico en los protagonistas de los melodramas para efectos diversos y la oportunidad ordena imperiosa y categóricamente que lo retomemos con miras a abundar en él.

Resulta que,  como lo habíamos dicho,  la parejita estrella de la taranovela reúne tres atributos indispensables:  ambos,  él y ella,  son altos,  güeros y de ojos azules.  Bueno,  igual y no exactamente de este modo,  pero más o menos por ahí va la idea:  agarrarse actores que tengan el perfil europeo tanto en una constitución física de no menos de tres horas en el gimnasio como en unos rasgos faciales que coincidan con los estándares globales de lo que se entiende por belleza.

Tache.

¿Cuántos,  de todos los hijos de la pirámide que vivimos en esta complicadísima megalópolis,  somos así realmente?  Ni el veinte por ciento;  se los puedo garantizar.  Y que conste que no me quise ir a la provincia,  en donde todavía está más abismal la diferencia étnica y racial.

Sí,  yo entiendo que existan convencionalismos respecto del uso de la belleza física para que el subtexto y el contexto hagan lo suyo y le den al texto la fuerza necesaria a la hora de hacer notar la felicidad,  la bondad y la perfección.  Neta que sí me entra en la cabeza;  de hecho,  lo hace bien y a la primera.  Pero lo que me resulta inconcebible,  y en consecuencia me rompe mucho y muy feo las pelotas,  es que el estereotipo se haya convertido en una suerte de dictum (“Esto es Palabra del Señor”,  en una aproximación por hacer significar la palabreja latina en el idioma castellano) del que se depende enteramente a la hora de seleccionar al talento actoral que ha de figurar en la pantalla.  Peor tantito:  lo que de veras no podría creer pero ni porque bajara Dios Padre y me lo dijera con sus propias palabras es el hecho de que las antítesis de las virtudes atrás citadas -maldad,  odio e imperfección- necesariamente tengan que ser interpretadas por histriones marcadamente feos o,  en el mejor de los casos,  no tan agraciados,  ¿ajá?

¿Quién es aquí el que da y quita para decidir sobre la estética que debe reinar en la pantalla?  Que me lo presenten en este acto y a ver si después de que le desfigure la cara para siempre y de un modo tan espantoso como el que tengo en mente le van a quedar ganas al mismo de siquiera atreverse a concebir una idea tan cruel y discriminadora como lo es la de presentar a las bonitas y a los guapos únicamente para efectos de protagonizar el teledrama sin más oficio que el de estar frente a una cámara en la eterna contemplación de su aburrida belleza.

En este bonito lado de la paradisíaca Región 4,  siento yo,  tenemos un gran reto por delante:  apostarle a otros horizontes,  a otros estándares quizás,  en materia de encanto físico a la hora de repartir guiones entre el crew histriónico de las series que ahora están naciendo y que ya son un hecho por todos conocido en la televisión de Estado.

Lo anterior se puede visualizar desde dos perspectivas que,  lejos de distanciarse la una de la otra,  bien pueden formar una simbiosis en la que ambas se puedan retroalimentar todo el tiempo que duren en santo matrimonio.  Primera.  Como ya chole con los bonitos de siempre para la hora de hacer casting e integrar a los personajes en el cuerpo de los actores,  nada mal estaría que fueran otros bellos y otras galanas quienes se encargasen de interpretar:  es momento de convocar a todas las caras que esencialmente nos puedan decir con la sola aparición de su rostro lo preciosos que son dentro de los contextos en los que se ubica su portento y apostura,  mayormente si su figura y facciones hacen referencia a un primor no convencional.  Segunda.  Tenemos que empezar a jugar con los roles de la belleza e integrar a quienes son tradicionalmente considerados como guapos dentro de los terrenos de la villanía para ver qué tal sus capacidades dramáticas de ser los ojetes en la comedia del mismo modo en que los de belleza regular,  esos que parezcan gente de todos los días,  bien deberían acceder a los papeles principales,  en igualdad de condiciones al interior de la trama.  (En otras palabras,  que los malos que son guapitos no jodan a los buenos que no están tan monos porque son pobres o tontos o sabe Dios cuántos otros defectos más.)

La vida como es,  sin exageraciones y contada en la ficción de un modo en el que aparte de quedar perfectamente claro todo a la primera sea cien por ciento creíble que sea susceptible de pasar en la vida real.

Somos hijos de la tierra caliente.

Somos hijos del maíz,  del chile y del cacao.

Somos hijos de la pasión que se vuelve fuego y del deseo que se convierte en placer.

Somos latinoamericanos y nuestras vidas están marcadas por la desfachatez de esa niña que está creciendo y que se pone una faldita que revela sus curvas en proceso de definirse,  por el arrojo de esos hombres que noche a noche buscan a las de cascos ligeros para desfogar el chamuco que llevan dentro porque no saben cómo hablarle bonito a sus esposas a la hora de pedir cama,  por el olor a santidad que desprenden las mujeres a la hora de dictar la Palabra de Cristo nada más apersonarse ellas en la cocina y crear verdaderas obras de arte que,  además de alimentar el cuerpo,  saben reconfortar el espíritu,  por los viejos que tienen la paciencia milenaria de mirar al horizonte en espera de una muerte con la que puedan conversar mientras beben el café de las tres de la tarde,  por los niños condenados por el dedo flamígero que todo lo sentencia por ser hijos de un padre que desapareció llevándose consigo la honorabilidad de la familia a la que dejó con una boca más que alimentar,  por la palabra que es viento y que es poema cuando se sabe decir en verso que rima haciendo que el aire sea capaz de reírse de las invenciones que prontas salen de la boca de todos esos dicharacheros cuyo oficio es el de engatusar a través de la lengua hablada y escrita.

Somos todo eso y más.

Reconozcámonos en la mirada del otro.  Volvamos a ser los indios que jamás dejamos de ser y estémonos orgullosos de nuestro tono de piel y de las raíces que nos han dado gloria frente a otras naciones que no tienen la menor idea de lo sagrado que es tener una historia patria tan sangrienta y a la vez tan rica como la nuestra.  Tengamos presente que somos uno con el universo y que el cenzontle es el Pájaro de las Cuatrocientas Voces.

Porque todos nosotros tenemos el derecho humano a la belleza.

A sentirnos guapetones dentro de nuestra propia apariencia física,  de gustarle a alguien más,  de enamorarnos de la gordura y de la baja estatura y de los ojos negros y profundos como la obsidiana y del cabello que un día de estos tendrá canas y les dirá a los demás quiénes fuimos cuando la piel estuvo tersa y rozagante.  A soñar que nos reencontramos con los dioses en el cosmos infinito del mercado donde vamos a comprar los enseres que usamos en la vida diaria porque lo mágico y lo sagrado también están aquí,  a ras de suelo.

Dignidad.

Identidad.

Fraternidad.

Y lo demás que sea lo que Dios quiera.

He dicho.

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