Si ya de por sí con un ménage à trois es difícil, ahora imagínense el trabajo de lidiar con un conjunto de cuatro…
No, ya, fuera de broma, la idea de presentar un programa con un nombre así, a mí me parece de lo más divertido y creativo: animas al amigo televidente a mirar el programa y, de paso, lo instruyes con contenido de calidad.
Sexo entre cuatro es una propuesta diferente y arriesgada de la televisión pública para poner las cartas sobre la mesa en uno de los temas más peliagudos que existen en un país como el nuestro. Porque ya después de que pasó la broma y todos nos reímos, existen verdades que pasamos por alto o que nos resistimos a ver, mayormente por miedo, herencia ésta de una sociedad mojigata y prejuiciosa.
Las bellas que salen aquí, no pocas por cierto, tratan con toda seriedad el tema de la semana pero, al mismo tiempo, con una picardía tan exquisita que logran ese binomio casi imposible en asuntos como este: te diviertes pero le aprendes.
Temas variados, chicas guapas, información de primera mano, amenísima charla con pura gente bonita… ¿Qué más podemos pedir?
Hubo una vez un par de diosas enamoradas. Sí. Contraviniendo severamente a lo dispuesto por la Deidad Madre, ellas decidieron hacerlo, y se enamoraron. O al menos eso fue lo que las comunicaciones extraoficiales manifestaron una vez que esto salió a la luz pública.
Se escribieron, en consecuencia, sendas misivas de estrategia en las que las invitaban amablemente a cesar los efectos de ese amorío, superfluo y baladí como lo consideraban todos. Pero ellas estaban empeñadas en lo suyo, y no había poder, ni humano ni divino, que las pudiera separar.
Al menos eso creyeron ellas las dos primeras mañanas que despertaron en la misma alcoba.
Porque la Deidad Madre, transformada ya en Reina Maldita, había sustraído de los humanos la capacidad de desencontrarse tan habitual en sus relaciones de pareja y puso ese mismo veneno en algún té que se tomaron justo después de hacer el amor.
Sí, la Deidad Madre buscaba venganza.
A la desobediencia. A la maledicencia. Y a ese gusto de ellas dos por hacerse las rebeldes y no ser como todos los demás. Cosas de la vida que son inevitables cuando vives con una progenitora controladora.
Resulta que, como dos buenas niñas ingenuas, bebieron el potaje y en menos de lo que se cuenta ya estaban ambas envenenadas por el ardiente y horrísono efecto del alucinógeno aquel: fueron a una fiesta y se dijeron tonterías, regresaron a casa y ninguna de ellas se dirigió la palabra…, hasta que un día de tantos, se les murió el amor.
Ninguna de ellas lo entendía cabalmente, dado que eran jóvenes e inexpertas. Sin embargo, el proceso de duelo por la pérdida de ese amor primero tenían que llevarlo a cabo con toda diligencia, si es que deseaban ver florecer ese mismo amor que un día tocó a la puerta de la una y a los labios de la otra.
Porque lo que había hecho la Deidad Madre no fue sino reducirlas a formas humanas, dejándoles todo ese legado de hipocresías y mediocridades por las que las relaciones entre las personas fallan constantemente.
Ya no tenían más noches de juegos y cama juntas, ya no se veían a la cara con esa misma expresión prístina y delicada con la que la inocencia conquista al alma, algo muy poco visto desde que el hombre cayó en pecado y fue condenado por la ira de Dios.
Desolados paisajes electromagnéticos las distanciaban, lo que hacía más fría y mecánica la relación entre ellas, la que mantenían sólo a través de la tecnología. Ni un abrazo, ni mucho menos un beso. Sólo eran fríos datos registrados en un contador de tiempo y visibles a todos los demás pero que en realidad no decían nada. Cada una de ellas se secaba por dentro cada día más y ello era inevitable.
Un atardecer, poco antes de morir, la una tendió la mano a la otra para que, antes de irse, no estuvieran peleadas.
En ese instante, hubo un desbordamiento de los cuatro elementos que gobernaban el mundo que habían construido juntas y el estado de naturalidad nuevamente volvió a sus vidas. Entraron en una especie de trance para llegar al Equilibrio y nuevamente regresaron a ser amantes.
Porque, para desgracia de la Deidad Madre, supieron, con ese último acto de amor surgido desde lo más profundo de su corazón, que la respuesta a un desencuentro entre los que son iguales y que se aman al mismo tiempo, es justamente la comunicación: silencio cuando debemos escuchar y la palabra cuando es menester que la expresemos. El entendimiento entonces fue el antídoto para acabar con su terrible mal.
De esta manera, no sólo lograron llegar al punto más alto del clímax en una noche de pasión desenfrenada, sino que, a la mañana siguiente, muy pagadas de sí mismas, fueron a visitar a la Reina Maldita, cada una con un cuchillo escondido justo detrás de la espalda.
Como todo proyecto nuevo sometido a la consideración de mi bella fanaticada de tres lectores y medio, es mi deber presentarlo, ¿cierto?
Innumerables fueron las ocasiones en las que les presumí esta aventura literaria, las mismas en las que ustedes nomás no veían claro qué pedo con esto, ¿ajá? Pues finalmente, amigos míos, pongo a su disposición esta bonita disertación, la que es una novela que no termina de ser novela y es también un guión que no empieza a ser un guión. Por eso decía que yo de novelista me moría de hambre.
No obstante todos los yerros así mencionados, considero que este fue un excelente ejercicio de introspección, el que en su momento fue la continuación de Las flores robaron el último beso, en lo tocante a la dilucidación de puntos que, a mi juicio, son capitales para el correcto y adecuado entendimiento de la sociedad en la que vivimos.
El primero, bien sabemos, fue una onda acá más familiar, como con esa tónica. Este segundo sigue tocando cuestiones de familia, pero el móvil de la acción es otro Dos mujeres violadas: causas y consecuencias. (Si me pagaran por reseñar alguna obra, también me muero de hambre, máxime las regañizas del editor en jefe: no suelo dar muchos detalles; si les interesa, lo leen, y si no, pues no y ya.)
Sin más preámbulo por el momento, pásenle a lo barrido. Descarguen, disfruten, comenten, duden, y demás. Para eso queda expedita la vía.
Queda pendiente un tercer y último proyecto con formato de novela, que es el de Antes del anochecer, será la lluvia; después de ese, sólo serán libretos para podcast. Al menos en esta etapa de mi vida.
Este trabajo fue hecho en conjunto. Creo que no está tan invasivo como el de “El Archiduque de Caramelo Macizo”. O al menos así me lo parece. Espero que lo disfruten.
So pretexto de que Ultra Naté manejó un concepto más o menos explícito para su video “Automatic”, al canal de INGrooves en youtube.com/ como que le dio por censurar el mismo, estableciendo un filtro para que lo podamos mirar y admirar nosotros, los simples mortales.
Uno que no quiere pirañearse nada de canales extraños y estos que no lo dejan… En fin.
Vuelvo a colgar el video para que puedan verlo en toda su magnificencia, y escuchar la música de éste mientras se dedican a leer el texto de la entrada pasada.
Mecenazgo para los genios de hoy
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